Tenía 18 años cuando me topé con la palabra “meditación”.

Aunque no haya pasado mucho tiempo… o al menos así me gusta verlo, es increible todas las formas que la práctica ha cobrado.

A veces la práctica es mía, y a veces yo soy de la práctica. Para hacer más claro este concepto, quiero usar una historia personal que pueda acercarse a la descripción de la relación que tejemos con nuestra mente.

Cuando cumplí 18 años, vivía en el estado de Massachusetts en los Estados Unidos. Allí pasé los años que moldearon la formación de mi persona.

Tenía una rutina muy inestable, ya que a comparación de la mayoría de los estudiantes graduados, yo no podía ingresar a una Universidad y completar mis estudios, dado a la ilegalidad de mi estatus migratorio en aquel momento.

Soy hija de inmigrantes ilegales, y esa etiqueta definió la percepción inconsciente de mi vida por mucho tiempo.

Desde los 9 a los 18 años, mi vida se desarrolló bajo las limitaciones mentales construidas a raíz de crecer sabiendo, que no tendría oportunidad de seguir estudiando luego de terminar la secundaria. Las opciones que me quedaban, no eran para nada compatibles con lo que creía que eran los anhelos de mi corazón. Honraba todo tipo de actividad laboral, pero algo en mí se sentía totalmente inútil y limitado, al tomar contacto con la realidad que se haría aún más evidente una vez cumpliera la mayoría de edad.

Cuando el resto de mis compañeras y compañeros de egreso, se preparaban para experimentar la vida en la Universidad, y toda la excitación que eso tra durante el último año de secundaria, yo simplemente me esmeraba cada vez menos. Hacía muchos años que había dejado de hacer esfuerzos académicos. Todo lo que pasaba en mi vida en ese entonces, me recordaba que allí, yo solo estaba perdiendo el tiempo. Tenía un trabajo de medio tiempo como cajera y lavando platos en un local de comida rápida, y allí mismo, una vez que cumplí la mayoría de edad, también me informaron que tenía que arreglar mi estatus migratorio para poder seguir trabajando. En mi cabeza todo se derrumbaba, y cada vez sentía más miedo a la incertidumbre.

El Universo tiene maneras misteriosas de preparar a sus guerreros de luz. El último semestre de secundaria, me refugie en la lectura, la fiesta, el alcohol y en la primera relación amorosa, cuya característica principal era la superficialidad extrema.

El material que elegía, pasaba de Isabel Allende a El TAO, y textos de Deepak Chopra entre otros textos espirituales. Hubo una historia en particular, que resonó profundo en la incertidumbre que traía toda esta situación. Conocí la historia del El príncipe Siddhartha Gautama, más conocido como El Buda.

El príncipe Gautama, nació en lo que a primera lectura, parece un viaje psicotrópico por parte de su madre, pero a medida que conocemos su historia, conocemos el mensaje profundo que existe detrás de su nacimiento. Nació protegido por el lujo y el confort de la abundancia que brindaba el reinado de su Padre, y los placeres más exclusivos. Creció recibiendo una educación envidiable, se casó y tuvo un hijo. Pero nada de esto hacía feliz al espíritu de Gautama. La insatisfacción que sentía Siddhartha en su vida de lujo, alcanzó un límite. A los veintinueve años decidió dejar su hogar familiar y su vida de comodidades para convertirse en errante en busca de la verdad, llevándose consigo únicamente su tazón para mendigar y unos sencillos hábitos. Lo que supuso su renuncia al mundo seguro en que había crecido.

Es así, como el príncipe Siddhartha, conoce la miseria, la pobreza, la vejez y la muerte. Afligido al toparse con la realidad de la que estaba siendo protegido, Gautama busco la guía de los maestros de meditación y altruismo de la época. Los brahmanes lo aconsejaron y entrenaron en técnicas y austeridad. Nada de lo que aprendía aliviaba su dolor, hasta que se sentó a meditar bajo la sombra de una higuera, y manifestó:

“Que mi piel se quede seca, mis manos se entumezcan y mis huesos se descompongan. Hasta que no haya conseguido la comprensión, no me levantaré de este sitio”.

A lo largo de siete semanas, medito hasta que logró la iluminación, la comprensión que tanto anhelaba. Lo que visualizo espontáneamente en su meditación, le sirvió para conocer la verdadera naturaleza de nuestra creación y la esencia de nuestra existencia, hasta que alcanzó el estado alterado de conciencia conocido como, El Nirvana. Lo que para las enseñanzas Budistas, es la liberación del ciclo de reencarnación.

La historia de Buda llegó a mi vida como una señal. Luego de conocer esta historia, busque el apoyo de mi madrina, y tome la decisión de dejar los Estados Unidos, lugar al que mis padres viajaron en busca de una mejor vida, para volver a mi país de origen en busca de la comprensión. Yo, al igual que mis pares generacionales, también quería vivir una experiencia excitante y transformadora. Esto le pasa a la mayoría de personas en algún punto de su vida, y puede que sea más de una vez.

Lo cierto es que al volver a Uruguay, conocí muchas cosas menos la comprensión. Los complejos de inferioridad e inseguridad, a raíz de las limitaciones mentales de la historia como residente ilegal, en un país regido por la misión cultural de alcanzar un estatus de poder, dejaron huellas en mi psicología, y esto me llevó por caminos llenos de autocastigo y autodestrucción. Solo cuando a través de la meditación sentí la percepción de una unión sagrada con una inteligencia superior, supe que aquello que me pasó, no tendría que determinar ni mi camino, ni mi identidad. Porque dentro de mí, existe la posibilidad de la transformación.

Por eso es que siento que a veces la práctica es mía, y otras veces, yo soy de la práctica. La práctica meditativa a veces ocurre espontáneamente, en episodios de profunda amargura y tristeza. Cuando la breve luz de un rayo de presencia consciente, nos muestra que no podemos seguir viviendo bajo una narrativa desactualizada, repitiendo patrones, o negandonos a tomar ese paso que nos aleja de la comodidad, para llevarnos al descubrimiento. A lo desconocido que nos da tanto miedo.

Si atendemos a la quietud de la mente, podemos darnos cuenta que en primer lugar, nada de lo que pasa, perdura. Nada de lo que acumulamos en nuestra experiencia de vida, nos hace. Ni el sufrimiento, ni los éxitos, ni el consumo, ni las ideas son realmente nuestras.

Lo que existe es una narrativa que nos condiciona mentalmente a vivir determinadas experiencias. La clave está en sacar las narrativas viejas e inservibles, y reemplazarlas por una presencia sublime en el lugar y el tiempo, donde ocurre nuestra respiración. El aquí y ahora. Solo así, se le hace espacio a la armonía.

Es desde el presente, que realmente percibimos la co creación de nuestra historia, la participación de nuestro estado consciente en la construcción de cualquiera que sea nuestro camino. Nada se nos hará imposible, porque estamos viviendo en la aceptación del ahora. Lo que sea alcanzable en ese preciso momento, quizá no lo sea mañana. El futuro no brinda ninguna seguridad, porque estando aquí y ahora, co creamos con la inteligencia suprema, y construiremos desde lo que esté más a mano. Vemos florecer la intuición, en un campo repleto de opciones.

 

Cómo lograr estar más activa y más presente en nuestra práctica.

No hay nada mejor, que sentirse capaz de detenerlo todo para bañarse en las aguas del alma. Pero esta hermosa expectativa que tenemos de la meditación, se convierte en ansiedad y frustración, cuando no logramos comprometernos o no vemos avances en los intentos por conseguir una mente en blanco, o un destello de colores psicodélicos, con una narración en voz en off de Morgan Freeman, describiendo la creación del Universo.

El mayor obstáculo que realmente tenemos a la hora de meditar, es que esperamos muchas cosas de esa experiencia, y la realidad es que, a menos que seas “la elegida” y lleves en tu vientre “el fruto del Señor”, no creo que vayas a tener un preview de lo que hay del otro lado.

Sí, creo que a través de la práctica regular de meditación, se puede sintonizar desde la percepción más desarrollada que tengamos, a un plano energético que nos interconecta con el todo. Lo que en las enseñanzas espirituales se conoce como el Campo Akáshico.

Para las que están interesadas en familiarizarse con esta sintonización sensorial, voy a estar compartiendo información, en una publicación a parte, porque el campo Akáshico es un fenómeno que está siendo actualmente estudiado por la ciencia, y hay mucha información interesante para compartir.

Dicho esto, vamos a señalar algunas de las técnicas que podemos practicar para profundizar nuestra meditación, o atención plena.

 

Mantener la atención en la respiración

La respiración con atención plena, es una de las técnicas de meditación más básicas que existe. Siendo también, una de las técnicas que integrada a la rutina, nos lleva a grandes descubrimientos sobre el funcionamiento de nuestro cerebro y nuestra mente. Mejora la habilidad de mantenerte presente, beneficia el balance emocional y el bienestar en general.

Para practicar esta técnica, lo primero es encontrar un lugar donde estemos cómodas y sin interrupciones. Una silla, o una almohada donde sentarnos, y si no estamos acostumbradas a una postura erguida, lo mejor será  una silla con respaldo, o sentar la base de la cola en un almohadón, con la espalda apoyada en una pared que nos asista en mantener la postura. Lo más importante es que encuentres la postura que te quede más cómoda.

La primera parte del ejercicio será reconocer tu respiración. Comenzando por respiraciones por la nariz, largas y lentas, que relajen el cuerpo desde los hombros hacia los pies, en cada exhalación. En este punto, es importante llevar la atención al paseo de la respiración, dentro de nuestro cuerpo. La actividad mental aumentará su velocidad, y es aquí donde hacemos uso de la atención plena. En vez de juzgar, o entrar en diálogo interno con los pensamientos, buscaremos los ruidos externos. Deben ser los ruidos naturales del espacio en el que estemos, o simplemente el silencio que emana del vacío. Que también es ruido y es vibración. Esta práctica es similar a cuando nos preparamos para escuchar algo. Ponemos toda nuestra atención en lo que captan nuestros oídos, pero mantenemos la atención interna, en una respiración rítmica que nos quede cómoda. Repetimos esta práctica todas las veces que sean necesario hasta contemplar, lo que en la meditación profunda llamamos “el observador”. El observador, es esa parte de tu conciencia, que experimenta y es testigo de lo que piensas, pero vuelve la atención al vacio, para simplemente ser.

Se recomienda llevar un registro escrito de lo que se experimenta en cada práctica.

 

Colocar la meditación en nuestra rutina

Esto es personal para cada persona, porque no todo el mundo tiene la misma rutina

(gracias a Dios). Tan solo puedo compartir mi experiencia personal, basada en cuando tenía una rutina estricta que me obligaba a cumplir con horarios.

Para las personas que comienzan su jornada laboral a las ocho o nueve de la mañana, es muy difícil adoptar una meditación al despertar, porque hay un montón de otras cosas para hacer antes de llegar al trabajo. Desayuno, baño, vestirse y salir de la casa, son actividades que pueden usarse para practicar atención plena, pero esto pasa una vez que entramos en contacto con la percepción del ahora, o la meditación en movimiento.

Según la duración de tu descanso en el trabajo, puedes apartarte unos 10 minutos para contemplar la respiración. La práctica regular traerá quietud y liberación de la tensión mental. Cuando comiences a percibir la tranquilidad mental que traen estos diez minutos de atención plena, puedes probar elevar la práctica, cerrando los ojos y enfocandote en la oscuridad detrás de los párpados. Llevas la atención a la respiración, cada vez que aparezcan pensamientos.

En un compromiso con el cuidado personal y las ganas de elevar la práctica meditativa, es recomendable dejar los ejercicios más complejos para la noche. Dedicar todas las noches (o la mayoría de las noches) a la profundización de la respiración rítmica, y la atención plena que describí anteriormente.

 

Deja de pensar que la meditación es una habilidad exclusiva para algunas personas

Lo primero que hago cuando alguien viene a verme en busca de una terapia que transforme sus emociones, es recomendar meditación regular. Puedo sentir como esconden sus ganas de irse de inmediato, porque opinan que la meditación, es algo aburrido, o exclusivo para personas especiales. Yo, hasta el día de hoy tengo días en los que no puedo pasar un segundo sin que haya actividad mental, pero lo que la práctica regular me dió, es la facilidad de no entrar en contacto con lo que está pasando en mi mente. Quizá mi mente/ego quiera estar todo el día opinando sobre diferentes cosas. Simplemente la dejo, porque ya no me identifico con lo que pase a ese nivel de actividad mental. Solo cuando siento que lo que pasa en mi mente, tiene resonancia en mi cuerpo o en mi energía, es cuando me detengo a meditar, para descubrir lo que hay detrás de tanta actividad mental.

También me han dicho que medito para no hacerme cargo de lo que pasa en mi vida. Bueno, quizá esto sea cierto, pero nadie debería juzgarte por eso, al mentos que tengan una solución saludable, o una alternativa a tu situación vital que realmente te favorezca. Corazón! Si no pagan tus cuentas, o te hacen masajes en los pies, no prestes atención a lo que la gente opine de tu estilo de vida. Enfócate solamente en tu crecimiento y bienestar, y estarás viendo como esa ola regenerativa, atraviesa la jaula social y cultural en la que creciste.

Meditar es un regalo personal. Es la capacidad de re-diseñar el cableado de nuestro cerebro. Es entrar en contacto con tu verdadera naturaleza y de cierto modo, es hacerle frente a los engaños terrenales. Una cita intima con tu Ser.

Las excusas lloverán, y por momentos la frustración te hará disminuir o detenerte, pero lo bueno de todo esto, es que se puede retomar desde donde dejaste. Como una vieja amistad que no se deteriora con la distancia. Cada vez que te vuelvas a sentar a meditar, estarás ofreciendo la oportunidad de realmente conocerte.

¡No lo dejes de intentar!

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