Dos monjes zen iban cruzando un río. Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo. Así que el más anciano de los monjes la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla. 

El monje más joven estaba furioso. 

No dijo nada pero hervía por dentro. 

Eso estaba prohibido. 

Un monje zen tiene prohibido tocar a una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

 

Una vez cruzado el río, el monje dejó a la joven y ella siguió su camino llena de gratitud.

Recorrieron varias leguas. 

Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje que estaba enojado se volvió hacia el otro y le dijo: 

-Tendré que decírselo al maestro. 

Tendré que informar acerca de esto. 

Está prohibido. 

-¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -le dijo el otro. 

-¿Te has olvidado? Llevaste a esa hermosa mujer sobre tus hombros – dijo el joven monje furioso. 

El monje más viejo se rió y luego dijo: 

-Sí, yo la llevé. Pero la dejé en el río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando…

No existe un tiempo determinado para atravesar un duelo o sanar una herida.
Lo que sí existe es un presente que debe ser honrado lo mejor que se pueda.

El enojo forma parte de ese presente y de la maravillosa experiencia humana. Desafortunadamente, desde las primeras manifestaciones de esa emoción en la infancia nos enseñan que es negativa.

Cuando somos adultos escondemos el enojo porque está mal visto exponerse de esa forma. Crecemos entre risas forzadas y la necesidad de caer bien y encajar.

Un día cualquiera, alguien nos hace o nos dice algo que nos hiere profundamente, o la vida toma un giro inesperado, y es ahí cuando años acumulados de frustración mal procesada nos sacude los cimientos.

Nos cuestionamos quienes somos.
¿Por qué ya no sonreímos como antes?

Sin lograr tomar conciencia de todo lo que está sucediendo en nuestro interior, buscamos desesperadamente atar los caballos salvajes que se nos fueron galopando quien sabe a donde.

Si no aceptamos que el enojo y la frustración forman parte de nuestra experiencia humana estamos condenados a la proyección, al mal uso de la energía y a seguir lastimandonos entre todos.

Solo tenemos que observar a nuestros gobernantes y a las autoridades que nos “lideran”. Estoy segura que en ellos están los niños y niñas heridas a quienes prohibieron llorar y sentir, en situaciones muy vergonzosas.

El enojo es una emoción ramificada del miedo. El miedo es el opuesto al amor. Todas son emociones humanas.
Todas nacen en algún tipo de intercambio con otra persona.
Nuestras emociones y pasiones nos hablan, nos narran una historia y la mente las expande.

Mientras que el miedo nos separa de nuestra verdad y de la aceptación, el amor nos ilumina el camino y nos permite crecer despiertos.
El amor nos enseña a aceptarnos en cada encuentro con el otro, sin importar que tipo de encuentro éste sea.

El amor no es otra cosa que una frecuencia en la que podemos elegir vibrar, cuando recuperamos los caballos salvajes que se nos fueron galopando. Cuando podemos educarlos. Cuando podemos cuidarlos conscientemente.

Sí… los Caballos en este texto representan nuestras emociones. ¿Alguna vez viste un caballo enojado galopando entre la gente? Es peligroso. Si alguna vez te pasa, sugiero que corras.

Pero no huyas más de tus emociones. Porque no existen suficientes culpables para todo el dolor que puede acumularse en el corazón.

El enojo es solo un momento que nos invita a reflexionar, y el sufrimiento es el resultado de una reacción impulsiva nacida del no reconocimiento.

En lo personal, elijo todos los días aceptar que estoy enojada por un instante, a volver a vivir años de sufrimiento sin saber por qué me siento así.

Lo más complicado de el camino de sanación a través de la aceptación de todas nuestras emociones, es aceptar que todo en la experiencia externa y material seguirá cambiando, seguirá cayendo, transformándose, creciendo y culminando.

Dentro de nosotros existe el potencial sagrado de la confianza en los movimientos del Universo y la Madre Tierra.

En esta quietud o espacio que cultivamos con la meditación y el conocimiento profundo de todas nuestras expresiones, aprendemos que la turbulencia externa no determina la armonía interna.

Conocer en profundidad nuestro enojo es darle a esta emoción, la oportunidad de disolverse en el espacio sagrado de nuestra quietud, tanto como lo hacemos con el tan aceptado y anhelado Amor.

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