Mindfulness para observar emociones difíciles

No existe un tiempo determinado para atravesar un duelo o sanar una herida, lo que sí existe es un presente que debe ser honrado lo mejor que se pueda.

El enojo forma parte de ese presente y de la maravillosa experiencia humana. Desafortunadamente desde las primeras manifestaciones de esa emoción en la infancia nos enseñan que es negativa.

Cuando somos adultos escondemos el enojo porque está mal visto exponerse de esa forma. Crecemos entre risas forzadas y la necesidad de caer bien y encajar.

Un día cualquiera, alguien nos hace o nos dice algo que nos hiere profundamente o la vida toma un giro inesperado, y es ahí cuando años acumulados de frustración mal procesada nos sacude los cimientos.

Nos cuestionamos quienes somos.

Sin lograr tomar conciencia de todo lo que está sucediendo en nuestro interior, buscamos desesperadamente atar los caballos salvajes que se nos fueron galopando quien sabe a donde.

Si no aceptamos que el enojo y la frustración forman parte de nuestra experiencia humana estamos condenados a la proyección, al mal uso de la energía y a seguir lastimándonos entre todos.

Solo tenemos que observar a nuestros gobernantes y a las autoridades que nos “lideran”. Estoy segura que en ellos están los niños y niñas heridas a quienes prohibieron llorar y sentir en situaciones muy vergonzosas.

Si te interesa leer más sobre el cultivo de actitudes para el desarrollo de la práctica de mindfulness, te recomiendo este articulo:
Mindfulness: Actitudes y beneficios de la atención plena 

Observar el miedo y el amor a través de la práctica de mindfulness

El miedo y el amor son las dos emociones que el ser humano experimenta, todas las otras emociones son ramificaciones. El enojo es una emoción ramificada del miedo.

Todas nacen en algún tipo de intercambio con otra persona.
Nuestras emociones y pasiones nos hablan, nos narran una historia y la mente las expande.

Mientras que el miedo nos separa de nuestra verdad y de la aceptación, el amor nos ilumina el camino y nos permite crecer despiertos.

El amor nos enseña a aceptarnos en cada encuentro con el otro, sin importar que tipo de encuentro éste sea.

El amor no es otra cosa que una frecuencia en la que podemos elegir vibrar, cuando nos hacemos consciente de cuales son las emociones predominantes en nuestra vida. Cuando nos permitimos sentir sin culpa, sin juicio y con aceptación.

El enojo es un momento que nos invita a reflexionar sobre nuestras estructuras y sistemas de creencias, pero si no aprendemos a darle espacio a lo que surge, el resultado es una reacción impulsiva nacida del no reconocimiento de estas emociones difíciles e incomodas que trae consigo sufrimiento y espirales de juicios.

Lo más complicado de el camino de sanación a través de la aceptación de todas nuestras emociones, es aceptar que todo en la experiencia externa y material seguirá cambiando, seguirá cayendo, transformándose, creciendo y culminando.

Dentro de nosotros existe el potencial de observarnos de manera consciente a través de la práctica de mindfulness y de la confianza en los movimientos del Universo y la Madre Tierra.

En la quietud de la práctica de mindfulness o en el espacio que cultivamos con la meditación y el conocimiento profundo de todas nuestras expresiones, aprendemos que la turbulencia externa no determina la armonía interna.

Conocer en profundidad nuestro enojo es darle a esta emoción, la oportunidad de disolverse en armonía ante la luz de una consciencia base que esta detrás de los cuentos que la mente construye, y de esta manera hacer espacio para que surjan respuestas conscientes y benéficas, construimos puentes hacia el tan aceptado y anhelado Amor propio.

El cuento de los dos monjes y la joven cruzando el rio es un cuento que tiene uno de los mensajes más simples pero de una profundidad enorme sobre el habito de apegarse a el enojo y a el juicio y aquí te lo dejo para reflexionar :

Dos monjes zen iban cruzando un río. 

Se encontraron con una mujer muy joven y hermosa que también quería cruzar, pero tenía miedo. Así que el más anciano de los monjes la subió sobre sus hombros y la llevó hasta la otra orilla. 

El monje más joven estaba furioso. 

No dijo nada pero hervía por dentro. 

Eso estaba prohibido. Un monje zen tiene prohibido tocar a una mujer y este monje no sólo la había tocado, sino que la había llevado sobre los hombros.

Una vez cruzado el río, el anciano monje dejó a la joven y ella siguió su camino llena de gratitud.

Los dos monjes recorrieron varias leguas. 

Cuando llegaron al monasterio, mientras entraban, el monje más joven, que estaba enojado, se volvió hacia el anciano y le dijo: 

-Tendré que decírselo al maestro. 

Tendré que informar acerca de esto. 

Está prohibido. 

-¿De qué estás hablando? ¿Qué está prohibido? -le pregunto el anciano. 

-¿Te has olvidado? Llevaste a esa hermosa mujer sobre tus hombros – dijo el joven monje furioso. 

El anciano monje sonriendo y contestó: 

-Sí, yo la llevé. Pero la dejé a un costado del río, muchas leguas atrás. Tú todavía la estás cargando…

 

 

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